14 de Septiembre – 11 de Elul
La parashá contiene nada menos que setenta y cuatro mandamientos, más que cualquier otra en la Torá y termina con el mandamiento de estar eternamente vigilantes con respecto a Amalec.

Dos Tipos de Odio
Se trata de una ley extraña, casi incomprensible, desde cualquier punto de vista. Aquí la tenemos en la forma en que aparece en la parashá de esta semana:
En los días de Moisés, los israelitas tenían dos enemigos: los egipcios y los amalecitas (…)
Deuteronomio 25:17-19
Acuérdate de lo que te hicieron los amalecitas en el camino, cuando saliste de Egipto. Cuando estabas cansado y agotado, ellos te salieron al encuentro en el camino y atacaron a todos los que se quedaban rezagados; no tuvieron temor de Dios. Cuando el Señor tu Dios te dé descanso de todos los enemigos que te rodean en la tierra que te da en posesión como herencia, borrarás el nombre de Amalec de debajo del cielo. No lo olvides.
Deuteronomio. 23:8
No desprecies al egipcio, porque extranjeros fuisteis en su tierra.
Cuando el amor es condicional, dura mientras dura la condición, pero no más. Amnón amó –o más bien deseó– a Tamar porque le estaba prohibida. Era su media hermana. Una vez que se salió con la suya con ella, “la aborreció con gran odio, más de lo que la había amado” (2 Samuel 13:15). Pero cuando el amor es incondicional e irracional, nunca cesa. En palabras de Dylan Thomas: “Aunque los amantes se pierdan, el amor no, y la muerte no tendrá dominio”.
Lo mismo se aplica al odio. Cuando el odio es racional, basado en algún temor o desaprobación que –justificado o no– tiene cierta lógica, entonces se puede razonar con él y ponerle fin. Pero no se puede razonar con el odio incondicional e irracional. No hay nada que se pueda hacer para abordarlo y ponerle fin. Persiste.
Theodor Herzl 1897:
Hemos intentado sinceramente, en todas partes, fusionarnos con las comunidades nacionales en las que vivimos, buscando únicamente preservar la fe de nuestros padres. No se nos permite. En vano somos patriotas leales, a veces super leales; en vano hacemos los mismos sacrificios de vida y propiedad que nuestros conciudadanos; en vano nos esforzamos por realzar la fama de nuestras tierras nativas en las artes y las ciencias, o su riqueza mediante el comercio. En nuestras tierras nativas donde hemos vivido durante siglos todavía somos vilipendiados como extranjeros, a menudo por hombres cuyos antepasados aún no habían llegado en una época en que los suspiros judíos se habían escuchado desde hacía mucho tiempo en el país… Si nos dejaran en paz… Pero creo que no nos dejarán en paz.



